Reflexiones
En defensa del ánimo de lucro
2018-04-16

‘Ese ánimo de lucro  es, en realidad, la chispa que permite el surgimiento y continuo desarrollo de la civilización'

Es común escuchar en alguna discusión sobre temas de interés público, alguna expresión de lamento por el hecho de que las personas estén motivadas por el ánimo de lucro. Es como si este fuere la mayor fuente de males sociales, y que todo lo bueno que ocurre en sociedad se debiera solo a actos desinteresados. De allí la aversión que muchos sienten hacia el sistema de libre mercado y propiedad privada. Pero dicha percepción muestra un panorama que no es real. El ánimo de lucro y el interés propio son sentimientos fundamentales sin los que no solo nuestra especie habría desaparecido hace mucho tiempo, sino que además sería imposible la civilización. El ánimo de lucro es la bujía que lleva a las personas a buscar satisfacer su rasquiña en la espalda rascando primero la espalda del prójimo.

Si bien hay personas con gran interés y dedicación en ayudar a otras, algunas incluso a costa de su propio bienestar, la enorme mayoría de las personas dedica la mayor parte de sus energías a satisfacer primero sus propias necesidades. Incluso la Madre Teresa de Calcuta tenía primero que estar alimentada y tener asegurados un techo, vestimenta y otras necesidades básicas, para poder entonces ayudar a otras personas con carencias. Es la Jerarquía de Necesidades de Maslow.

Imagine por un momento un mundo en el que las personas no persiguen su propio interés, sino que solo se preocupan por el bienestar ajeno. Juan, en su afán por ayudar a Pedro, ¿cómo podría siquiera saber lo que Pedro necesita? Si Pedro también vela solo por el interés ajeno, Pedro no solo no sabrá lo que necesita, sino que aún si lo supiera, no lo diría a Juan (precisamente porque Pedro, siendo también ajeno al interés propio, no quiere que su propia necesidad sea satisfecha antes que la de Juan). Este ejercicio mental ilustra que es imposible saber lo que otros necesitan, sin primero conocer lo que uno mismo necesita. El desarrollo de la empatía solo ocurre luego de un largo proceso de autodescubrimiento por el que pasamos en nuestras tempranas etapas de infancia. La empatía es imposible sin el conocimiento y atención de las propias necesidades. Por ello, para que Juan pueda ayudar a Pedro, primero tiene que sentir y querer atender sus propias necesidades.

En sociedad ningún individuo puede procurarse sus propias necesidades sin la cooperación con otras personas. La cooperación con división del trabajo es fundamental para el ser humano. Pero queda claro que cada uno coopera con otros, para satisfacer en última instancia sus propias necesidades. Todo el que participa de la cooperación lo hace porque espera sacar provecho de ello. La cooperación permite la división del trabajo, que hace posible el aumento de la productividad social. Y si bien en una tribu la cooperación es posible bajo un comandante, ese esquema de cooperación no permite que la sociedad crezca más allá del tamaño de una tribu de unas pocas familias.

La propiedad privada permite que cada quien vele por sus asuntos de la manera que mejor le parezca, y el intercambio voluntario permite que cada quien ofrezca su capacidad creativa y de industria, para producir bienes o proveer servicios que otros en la sociedad valoren. Si otros están dispuestos a dar valor a cambio de esos bienes o servicios que Juan ofrece, dicho intercambio automáticamente revela las preferencias de cada persona. El sistema de libre empresa con libre intercambio y propiedad privada es lo que indica a Juan que para obtener bienes y servicios, primero tiene que ofrecer su creatividad y capacidad de industria a otros. Para que le rasquen su espalda, primero debe rascar espaldas ajenas. También es posible enriquecerse mediante el uso de la fuerza o la estafa, por supuesto, pero la existencia del robo no inculpa al afán de lucro, sino a la falta de respeto por el derecho ajeno. El que alguno use un bisturí para asesinar no habla mal del bisturí.

Como dijo Adam Smith, ‘no es a la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero que debemos nuestra cena, sino a la procuración por cada uno de ellos, de su propio interés'. Ese ánimo de lucro al que muchas veces se acusa de ser la madre de todos los males sociales es, en realidad, la chispa que permite el surgimiento y continuo desarrollo de la civilización.