Reflexiones
DEMOCRACIA, IZQUIERDAS Y DERECHAS
2018-10-08

No hay nada más confuso que el léxico político tradicional que divide a las distintas corrientes entre derecha izquierda, extrema izquierda  y derecha y/o centro izquierda y centro derecha. A partir de este aspecto, que aparentemente define todas y cada una de las posiciones políticas posibles, de hecho nos encontramos, como diría Tocqueville, que no se define nada. Supuestamente, la derecha ha sido definida como una especie de constancia antidemocrática y por consiguiente rayana en el fascismo. Del otro lado, la izquierda reflejaría a la democracia socialista. Extrema derecha, entonces, sería el carácter del nazismo y del fascismo y de las tradicionales dictaduras latinoamericanas. La extrema izquierda entonces es aquella que descree de los procesos democráticos y se convierte en guerrilla. Nos encontramos entonces con un vocablo adicional el populismo que sería la versión moderna de “demagogia” (corrupción de la democracia, según Aristóteles) y el cual sería utilizado tanto por la izquierda como por la derecha. Hitler, Mussolini, Perón, mal que nos pese, eran populares, y éste último arrasaba en las elecciones aun desde la proscripción y el exilio.

 

                        Ante esta profusión de conceptos ¿hemos acaso alcanzado algún conocimiento adicional sobre las verdaderas alternativas políticas? Yo diría que estamos igual que antes y ésa es la razón de por qué la democracia ha padecido tantos descalabros en América Latina y por qué fracasó igualmente en Europa antes de la Segunda Guerra Mundial. Fue James Madison quien con mayor brillantez describió el fracaso democrático y dijo: “Tales democracias han sido siempre espectáculos de turbulencias y enfrentamientos; se han encontrado siempre incompatibles con la seguridad personal o los derechos de propiedad; y han sido siempre tan cortas en sus vidas como violentas en sus muertes.”

 

                        Entonces voy ahora a tratar de describir las alternativas verdaderas y cuáles son sus significados éticos y políticos y consecuentemente sus resultados económicos. El primer factor a determinar se encuentra en el orden filosófico y la disputa viene desde Grecia en la discusión sobre los universales. ¿Son los universales reales o por el contrario son meras denominaciones? Esta discusión parece esotérica en nuestro medio y casi diría irrelevante. No obstante, considero que de la aceptación de una u otra postura parte de dos corrientes ético-políticas, fundamentalmente contrarias. Si los universales son reales el Estado es una entelequia que se sabe y se justifica asimismo y los ciudadanos, partes que sólo encuentran su razón de ser como pertenecientes al estado. Surge así la voluntad general como expresión de la soberanía (Rousseau) y el espíritu absoluto como manifestación de la razón en la historia (Hegel). Aceptados que fueran estos conceptos, pues, nos encontramos que el Estado es la expresión misma de los intereses generales y por tanto de la concepción misma de la ética. La consecuencia es el prevalecimiento de la razón de estado y el poder absoluto.

 

                        Del otro lado nos encontramos con el nominalismo, según el cual los universales son meras denominaciones. Consecuentemente, la realidad es de los individuos cuya razón de ser se justifica por su propia existencia. De ella surgen los derechos individuales que son: el derecho a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la búsqueda de la propia felicidad. Como descubriera Locke y lo explicitara Madison, los gobiernos también son hombres y por tanto tienen intereses como tales. La función de las instituciones entonces es el evitar que el poder político sea usado en función de los gobernantes y en desmedro de los derechos individuales.

 

                        Esta concepción acepta por supuesto el carácter falible de la naturaleza del hombre así como que su propio interés, cualquiera que fuera la forma en que lo defina, es el gran movilizador de su conducta. Ante esta realidad el orden político reside en la limitación del poder y éste fundamentalmente en el gobierno. Por tanto, la separación de los poderes sólo tiene sentido a partir de la aceptación de que los gobiernos están compuestos por hombres y no ángeles.

 

                        Los conceptos anteriores son definitorios de la posibilidad o no de tener una democracia viable o lo que Madison definió como la República. Lamentablemente salvo los Estados Unidos, el concepto de democracia ha estado más relacionado con el gobierno de las mayorías que con la norma jurídica (The Rule of Law). La extensión de los derechos políticos en Europa y América Latina ha servido para legitimar al socialismo y al nacionalismo y entre ambos al estatismo. En otras palabras, el gobierno de las mayorías (derechos políticos) determinó el prevalecimiento de los derechos sociales por sobre los derechos individuales. Más recientemente el concepto mismo de derechos humanos al par que implica una falaz deificación de la naturaleza humana refleja en sí mismos la manifestación de lo que he denominado el sincretismo de la filosofía política occidental.

 

                        El resultado de este sincretismo a través de los “derechos humanos” ha sido la violación de los derechos individuales, particularmente los derechos de propiedad y el derecho a la búsqueda de la propia felicidad. Así, de hecho se han convertido en el medio de acceso al poder y al uso del privilegio de las burocracias para “distribuir” la riqueza y la felicidad en nombre de haber liberado al hombre de su responsabilidad. La consecuencia ha sido y sigue siendo la corrupción, el abuso de poder y la improductividad del sistema económico, en la medida que se expande el gasto público y aumentan las regulaciones, particularmente en el mercado de trabajo.

 

                        En tales condiciones la apertura de las economías, en lugar de facilitar un mejoramiento de la productividad, determina en muchos casos la quiebra de las empresas productoras de bienes comercializables internacionalmente. El desempleo es la consecuencia y la izquierda aprovecha la circunstancia para denigrar, una vez más, al “capitalismo salvaje” que en nuestro medio ha aceptado la denominación de “neoliberalismo”. Todo intento de reducir el gasto, bajar los impuestos y flexibilizar el mercado laboral, aparece entonces como la mano negra de la “extrema derecha” que es ajena al dolor humano. El caos que puede producir esta combinación letal de improductividad y corrupción determina la aparición de los salvadores de la patria que, en nombre de la “moral”, pretenden el retroceso al pasado: más control gubernamental.

 

                        Se ha creído que el abandono de la violencia por parte de la izquierda es la salvación de la democracia. Lamentablemente la República de Weimar nos dio el mejor ejemplo dentro de un pueblo culto que la “moral política” puede aparecer con gran popularidad en el medio del caos “democrático”. El prevalecimiento de los principios socialistas y nacionalistas por sobre el reconocimiento de la propia democracia es tal que hasta los gobiernos elegidos legítimamente por el voto popular acepten negociar con la guerrilla. Tal es el caso de Colombia. Pero peor aún es que el nuevo “caudillo” venezolano  pretende mediar en esta negociación y hasta el propio Fidel Castro se convierte en el árbitro entre la “democracia” y la “guerrilla”. Inclusive el presidente de Brasil, el Sr. Cardoso, ha aprobado la negociación y también acepta mediar en ella. Y ahí está “la cumbresita” en La Habana como ejemplo de la democracia en América Latina.