Reflexiones
Ilusión
2019-03-04

La economía experimentó hacia finales del año pasado una significativa desaceleración. Así, por ejemplo, en diciembre, el IGAE sólo creció 0.2% respecto de diciembre del 2017; en relación con noviembre experimentó una caída de 0.4. Asimismo, el crecimiento del PIB del último trimestre (en relación con el tercer trimestre) fue de únicamente 0.2 por ciento.

Esta evolución ha llevado a una revisión a la baja en las expectativas de crecimiento. Así, el Banco de México pronostica que éste se situaría entre 1.1 y 2.1% (puntual de 1.6 por ciento). Por su parte, el consenso (la mediana) de pronósticos realizados por diferentes instituciones del sector privado y consultados por el propio banco central lo sitúa en 1.68%, una disminución respecto de 1.8% que estos mismos “especialistas” esperaban en enero. (Mi pronóstico, por si es de su interés, es de un crecimiento menor a 1.5 por ciento). Es importante apuntar que cuando se elaboró el presupuesto público, en el documento de Criterios Generales de Política Económica, el rango de crecimiento se estableció entre 1.5 y 2.5% y los estimados de ingresos tributarios se calcularon con un crecimiento puntual de 2%, por lo que la desaceleración proyectada, de materializarse, tendría un impacto negativo sobre las finanzas públicas, lo que pondría en riesgo la meta de alcanzar un superávit primario equivalente a 0.5% del PIB (lo que influyó, en parte, en la decisión de S&P de poner en perspectiva negativa la deuda soberana).