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La agonía de Occidente (III). Un atisbo de esperanza / JUAN ÁNGEL SOTO

Occidente necesita un despertar general, y esto pasa por la realización, de mano de cada uno de nosotros, del enorme valor que posee nuestra vida vivida con plenitud, y la huella que esta puede dejar tanto en nuestra sociedad como en las que están por venir

Mi último artículo sostenía que el principal desafío de Occidente no es de carácter externo, sino interno; no se trata de una amenaza, sino de su propia debilidad. Y me preguntaba en la conclusión si podemos cambiar el curso autodestructivo, suicida, que nosotros mismos hemos trazado, o si, por el contrario, hemos de pronunciar el lapidario “alea iacta est“.

Pues bien, la respuesta quizá sorprenda a más de uno en los tiempos apocalípticos que corren, pero ha de ser necesariamente afirmativa. No podemos permitirnos el lujo de dar a Occidente por perdido. Se trata, no obstante, de una hercúlea tarea. Y como toda meta alta, la estrategia inteligente (y prudente) pasa por dividirla en retos concretos, cuya consecución garantice la del objetivo final.

Un primer estadio consiste en preocuparse por conocer la realidad que nos rodea. El aborregamiento que infecta las sociedades occidentales resulta del todo inaceptable. Cierto que la sobreabundancia de información, la manipulación, y su uso con fines egoístas, partidistas o simplemente espurios contribuye a sembrar el más absoluto desconocimiento entre la mayoría de la población acerca de las agendas de quienes pretenden marcar nuestro destino. Sin embargo, esto tan solo atenúa nuestra responsabilidad, no la elimina. Podemos y debemos hacer más. Ni la dificultad para estar bien informados ni el narcótico del aletargamiento y la ignorancia constituyen excusa suficiente para proclamar la inevitabilidad del estado actual.

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